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lunes, 19 de diciembre de 2011

Me Duele El Alma

La depresión es para mí un estado latente.
El medicamento es una muleta. Me ayuda a hablar abiertamente durante la psicoterapia. Me permite entrar más fácil donde no quiero ver.
Habré subido más de veinte peldaños cuando de pronto me resbalo diez.
Y hacia abajo voy, como Alicia en la madriguera del conejo.
Cualquier atisbo de menosprecio que se tope con algún fantasma de mi inconsciente es suficiente para desfragmentarme en un segundo.
Entonces debo volver a pegar las piezas, una por una, con paciencia, un peldaño a la vez.
Y es así como transcurre el tiempo, escalo peldaños, me tropiezo, vuelvo a caer.
Me levanto. Me sacudo. Se abren las compuertas de mis lagrimales y surgen ríos embravecidos que mojan mis mejillas.
Me siento perdida y luego me encuentro.
Me siento pequeña, diminuta, hasta que desaparezco.
Me siento dolida. Mi corazón duele. Mis ojos duelen. Mi alma duele. Mi ser duele.
Me falta el aire. No puedo respirar.
Me duelen las entrañas. Me acomodo en posición fetal. De todas formas duele.
Me pregunto el porqué. Las respuestas no existen.
Quisiera un abrazo. Recibo indiferencia.
Me encuentro triste. Me recupero a pasos cortitos.
La tarea es como la trigonometría. No entiendo nada.
Se requiere valor y no sé si lo tengo.
Estoy en crisis. No sé si me salve.

martes, 25 de octubre de 2011

De La Teoría A La Práctica

Ayer por la tarde mi prima Yolanda, mejor conocida como Yuyi, compartió conmigo un artículo publicado en ELPAIS.com, titulado "Más práctica y menos teoría".
Para no hacerte el cuento largo, relata la noticia de una mujer de 63 años y su esposo, un hombre de 72 años de edad, quienes se registran en un motel. Llevan consigo sogas en lugar de equipaje. Se han alejado de "eros", han elegido el suicidio. La mujer había escrito una veintena de libros sobre la felicidad y la esperanza. Era conocida como "la sacerdotisa de la felicidad".
Esta noticia me llevó a reflexionar, entre otras cosas, sobre esos mensajes positivos que posteamos y leemos en Face Book, por ejemplo.
¿Cuántos de quienes escribimos o leemos esas citas sobre cómo vivir sin odio y con más alegría realmente llevamos a la práctica actitudes positivas?
Lo más posible, o real, desde mi punto de vista, es que los pensamientos y actitudes optimistas mueren en el intento, se quedan en la teoría.
Y es que no es fácil llevar a la práctica actitudes más humanas con nosotros mismos y extenderlas hacia los demás.
Vivimos en un mundo indiferente a la violencia, a la agresión, a la miseria y sufrimiento del otro.
Se está haciendo costumbre observar, escuchar o mirar actos de maldad realizados por seres humanos no humanos.
En cuanto al dolor del alma, te aseguro que no es asunto de remedios simplistas.
En mi vida he sufrido infinidad de formas de dolor físico.
Mi umbral del dolor es una grieta del tamaño de las Barrancas del Cobre.
Cuando anduve en la búsqueda de procrear, fui sometida a innumerables procedimientos parecidos a las formas de tortura medievales.
Durante seis meses, antes que me practicaran la histerectomía, padecí dolores posiblemente parecidos a los del parto.
He experimentado el dolor de una extracción molar, procedimiento salvaje con todo y los avances de la ciencia médica.
La ingesta de medicamentos para paliar el dolor pélvico me provocó irritación en el esófago.
Estuve cerca de  seis días sin poder pasar alimento sólido. Hasta las papillas se hundían en mi garganta cual cuchillos afilados.
Dolores han venido y se han ido.
Todo tipo de analgésicos han contribuido a paliarlos.
Pero el dolor del alma no hay remedio que lo quite.
No basta con un "échale ganas".
¿Echale ganas?
A ver, ponte en mis zapatos y trata de comprender de dónde surge este dolor.
Imposible identificar el origen con una radiografía.
Ni la terapeuta más experimentada lo erradica fácilmente.
Y pensar que abunda tanto charlatán en los consultorios de psicólogos.
Esos seudopsicólogos que se atreven a dar y regalar recetas caseras o remedios exprés para ponerte nuevamente en marcha.
¡No!
El dolor del alma toma su tiempo. A veces su tiempo largo.
Tampoco se va leyendo libros sobre cómo ser feliz, mucho menos escuchando a esos oradores que hablan de la esperanza como si se tratara de vender cacahuates.
Los antidepresivos son una muleta mas no el remedio.
Las raíces del dolor emocional son demasiado profundas.
Y tal vez por ello esta pareja no pudo llevar a la práctica los remedios de la mujer para encontrar la felicidad.
Yo sostengo una lucha diaria contra la tristeza.
Cada día me levanto de la cama y salgo a la vida.
Pero es un trabajo diario.
Y no hay teoría que me cure.
Lo que hago es practicar, practicar y practicar el arte de vivir.
El arte de amar.
El arte de amar la vida.


lunes, 8 de agosto de 2011

La Mala Influencia

A quienes nos gusta comunicarnos por medio de la palabra escrita, me atrevo a decir nos es prácticamente imposible no hablar de nuestros propios sentimientos, sobre todo cuando éstos andan deambulando por los laberintos más oscuros. Es entonces cuando nuestros demonios internos más invitan a escribir.
La tristeza es, lamentablemente para mí, una amiga de ésas que una madre calificaría como mala influencia. Esta amigamalainfluencia me acompaña desde hace varios años.
Yo no la invité a entrar en mi vida, entró solita por alguna puerta que olvidé cerrar con llave.
Se instaló cómodamente y ha estado ahí por mucho tiempo.
A veces se va por una temporada larga, luego regresa para quedarse un par de días, en ocasiones ha estado ausente por varios meses, pero siempre retorna a mi casa. Nunca tengo la certeza de los días que se quedará.
El año pasado me hartó.
Le compré sus zapatillas de ballet y la mandé de puntitas derechito a la chingada.
Por primera vez me permití recurrir al uso de antidepresivos para combatirla.
Y fue como un acto de magia.
Al cabo de tres semanas la maldita tristeza partió con todo y sus zapatillas de ballet.
Fui tan feliz cuando se largó.
Durante varios meses anduve muy contenta, sin ese nudo en la garganta atorado, sin la angustia del miedo al mismo miedo.

Pude dormir más de seis horas seguidas sin despertarme para pensar en cosas que al día siguiente no recordaría; se me quitaron las ojeras de vampira, recuperé un poco de energía.
Me di cuenta que antes de los chochos le daba importancia a los asuntos más triviales, comprendí que la vida no es tan complicada como una se la hace.
Hubo un día que consideré prudente decirle adiós a los chochitos.
Pensé que yo ya estaba preparada y equipada para nunca más dejar entrar a la pinche tristeza a mi casa.
Pero a los dos meses de haber abandonado el medicamento, me dieron ganas de llorar por los rincones, como la muñeca fea de Cri Cri.
Otra vez sentí ese nudo en la garganta, el sabor amargo en el esófago, la ansiedad que obliga a cerrar los puños.
Y me vi en la necesidad de volver a usar los antidepresivos.
Sin embargo, al parecer la pinche tristeza se ha hecho inmune a la paroxetina. La muy perra, sin ofender a los canitos y canitas, insiste en hacerse presente.
Ahora se me apareció en forma de llanto incontrolable.
Inconsolable estoy aunque el mundo me diga que lo tengo a mis pies.




martes, 5 de enero de 2010

Me Pondré El Traje Amarillo de Beatrix Kiddo Si Hace Falta

El tema de hoy no es agradable pero es real. Se trata de una situación que muchos, más de los que te imaginas, enfrentan en silencio. Ya sabes, como todo lo que incomoda, es preferible darle la espalda, fingir que no existe, cerrar los ojos (vivirlo así es lo más fácil, diría Lennon), ignorarla, mandarla de paseo. Se trata de la enemiga, que por lo menos para mí, ha sido la más poderosa que he tenido que enfrentar. Ella va y viene, a veces se ha quedado por varios días. En ocasiones ha decidido estar en pie de guerra durante meses. Luego ha optado por darme tregua, se ha compadecido de mí y de mi desesperación. Se siente muy magnánima, ¿no? Es una enemiga invisible, intangible, que te ataca por todo el cuerpo o se va a una zona específica... le gusta mucho lanzarle karatazos al corazón, estómago o cabeza, aunque me parece que su zona preferida es el alma. No hace cita, aparece de repente. Un día te despiertas y sientes literalmente que el mundo se te viene encima, no tienes ganas de levantarte, te gustaría quedarte en la cama para siempre... o dormirte para siempre. Te quita la concentración, te hace ver la vida desde la parte más amplia del embudo, te espanta el sueño o te aletarga todo el día, te hace llorar inconteniblemente, te apachurra el corazón, te arrebata la esperanza, te cambia tu mundo y tu percepción del mismo. Un día te despiertas y ya se ha largado con todo y sus maletas. Le has ganado otra batalla mas no la guerra. Todo vuelve a cobrar sentido, pero te andas con cuidado porque sabes bien que ella acecha y cuando le dé la gana volverá al combate. Ahora no anda por aquí, pero si vuelve a mi puerta me pondré mi traje amarillo como el de Beatrix Kiddo y le aplicaré la técnica de Pai Mei llamada "Cinco Puntos Palm Exploding Heart" para que cuando camine cinco pasos la maldita depresión caiga muerta y sea esa la confrontación final.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Lo Que No Quería Reconocer

Hay un tema que no había querido contar porque mi lista de mecanismos de defensa es algo extensa.Ya saben, hay cosas en la vida que una cree es mejor no hablar, no decir, esconder bajo el diván, mantener en lo oscurito porque "como soy bien macha aguanto solita lo que sea" o "¿cómo, si siempre he sido la mujer fuerte, la que todo lo puede y la que sale adelante en cualquier situación". Pues sí, pero cuando caminas por la vida como zombie y con las ojerotas de drácula porque has medio dormido en tres meses, la gente que te conoce te pregunta, y con razón, qué te pasa, ¿te sientes bien? Lo que puedo decir es que mi forma de ver la vida, lo que pienso y siento no ha cambiado, pero muchas otras sí, desde el momento de la cirugía que era menester hacer antes de que eso que tenía me provocara otro tipo de males. Día a día, desde hace tres meses, han ido apareciendo en mi vida síntomas que antes eran unos extraños para mí. Ahora conozco muy de cerca y para mi total infortunio al señor insomnio, a la señora bochornos, a la señorita ansiedad y a la maldita depresión que no se ha instalado aún como ella lo quisiera porque me resisto, me levanto a trabajar, voy a la escuela, voy con mis amigas y trato de hacer mi vida lo más normal posible. Y así estuve resistiendo yo solita hasta que esta semana algo detonó la bomba de emociones celosamente guardadas y reconocí en un mar de llanto que las cosas no están bien, que mi lema de no pasa nada en estos momentos no es tan cierto, que me siento desgastada, que me falta energía, que no tengo ganas de hacer ejercicio, que tengo ganas de no hacer nada, que ya no me concentro en ningún libro, que la clase de yoga me parece aberrante, que estoy sumamente fatigada porque no he dormido bien y que la tristeza está a flor de piel. Era evidente, sólo faltaba que yo lo reconociera. Ya lo reconocí, ahora ya no hay marcha atrás, debo ajustar todo lo que tenga que ajustar para salir adelante y volver a ser como a mí me gusta ser, incluso ser como la tía Hello Kitty de cada uno de mis  hermosos sobrinos.